MEDITACIÓN MES DE ABRIL 2019

Queridas Damas y Caballeros: En el mes de ABRIL os invito a meditar la  Homilía del Papa Francisco del Miércoles, 6 de marzo de 2019.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Bendita  y alabada sea la hora en que María Santísima vino en carne mortal a Zaragoza, por siempre sea bendita y alabada. Gracias, Señora del Pilar, por haber venido a Zaragoza, y dejarnos TU PILAR, fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor.

Recuerda el Papa que la “Cuaresma es una llamada a detenerse, a ir a lo esencial, a ayunar de aquello que es superfluo y nos distrae”. La Cuaresma “es un despertador para el alma”, “un mensaje breve y apremiante”: “Convertíos a mí”,  es  “el tiempo para redescubrir la ruta de la vida”. En este  camino, “lo que realmente importa es no perder de vista la meta”. Cuando estás de viaje, “si lo que te interesa es mirar el paisaje o pararte a comer, no vas muy lejos”.

Pregunta el Romano Pontífice: “¿en el camino de la vida, busco la ruta? ¿O me conformo con vivir el día, pensando solo en sentirme bien, en resolver algún problema y en divertirme un poco? ¿Cuál es la ruta? ¿Tal vez la búsqueda de la salud, que muchos dicen que es hoy lo más importante, pero que pasará tarde o temprano? ¿Quizás los bienes y el bienestar? Sin embargo no estamos en el mundo para esto. Convertíos a mí, dice el Señor. “El Señor es la meta de nuestro peregrinaje en el mundo. La ruta se traza en relación a él”.

Al comienzo de la Cuaresma,  para  encontrar la ruta,  se nos ofrece un signo: la ceniza. Se nos impone la ceniza para decirnos: “Por mucho que te afanes, no te llevarás ninguna riqueza de la vida. Las realidades terrenales se desvanecen, como el polvo en el viento. Los bienes son pasajeros, el poder pasa, el éxito termina. La cultura de la apariencia, hoy dominante, que nos lleva a vivir por las cosas que pasan, es un gran engaño. Porque es como una llamarada: una vez terminada, quedan solo las cenizas. La Cuaresma es el momento para liberarnos de la ilusión de vivir persiguiendo el polvo”.

 La Cuaresma nos invita a descubrir que “estamos hechos para el fuego que siempre arde, no para las cenizas que se apagan de inmediato; para Dios, no para el mundo; para la eternidad del cielo, no para el engaño de la tierra; para la libertad de los hijos, no para la esclavitud de las cosas”. Podemos preguntarnos: ¿Vivo para el fuego o para la ceniza?” En este viaje a lo esencial, el Evangelio propone tres etapas: limosna, oración, y ayuno.

“La oración nos une con Dios; la caridad con el prójimo; el ayuno con nosotros mismos. Dios, los hermanos, mi vida: estas son las realidades que no acaban en la nada, y en las que debemos invertir”. La oración “nos libra de una vida horizontal y plana, en la que encontramos tiempo para el yo, pero olvidamos a Dios y al prójimo. Nos libra “de la vanidad del tener, de pensar que las cosas son buenas si lo son para mí”.

Oración, caridad, ayuno: tres inversiones para un tesoro que no se acaba”. “Donde está tu tesoro, allí está tu corazón”.  Comenta el Santo Padre: nuestro corazón “es como una brújula en busca de orientación”, como “un imán: necesita adherirse a algo. Pero si solo se adhiere a las cosas terrenales, se convierte antes o después en esclavo de ellas”. En cambio, “si el corazón se adhiere a lo que no pasa, nos encontramos a nosotros mismos y seremos libres. La Cuaresma es un tiempo de gracia para liberar el corazón de las vanidades. Es hora de recuperarnos de las adicciones que nos seducen. Es hora de fijar la mirada en lo que permanece”.

A lo largo del camino cuaresmal fijemos nuestra mirada “en el Crucifijo. Jesús en la cruz es la brújula de la vida, que nos orienta al cielo. La pobreza del madero, el silencio del Señor, su desprendimiento por amor nos muestran la necesidad de una vida más sencilla, libre de tantas preocupaciones… Necesitamos liberarnos  del consumismo y de las trampas del egoísmo… del corazón cerrado a las necesidades de los pobres. Jesús, que arde con amor en el leño de la cruz, nos llama a una vida encendida en su fuego, que no se pierde en las cenizas del mundo; una vida que arde de caridad y no se apaga en la mediocridad”. Es difícil vivir como él nos pide, “pero lleva a la meta”. La Cuaresma “comienza con la ceniza, pero nos lleva al fuego de la noche de Pascua”. Nos lleva  a descubrir que, “en el sepulcro, la carne de Jesús no se convierte en ceniza, sino que resucita gloriosamente”.

Queridas Damas y Caballeros, siguiendo al Santo Padre,  “regresemos al Señor con nuestra fragilidad”, “tomemos el camino del amor”, “abracemos la vida que no conoce ocaso” y “viviremos en la alegría”.

Vuestro Director Espiritual: Pedro-José.